lunes, 3 de marzo de 2008

IV El vuelo



Jason me saca de mi meditación para abrir la compuerta y dejarme saber que es hora de saltar. Un hilo de sangre fría se mezcla con lo helado de la temperatura que hay a esa altura. Pero estoy preparada. No hay paso atrás. Únicamente el del impulso. Me mezo sobre mis nalgas, sentada en la orilla de la compuerta abierta, pies afuera, anteojos especiales puestos, paracaídas revisado y Jason conectado conmigo en cinco puntos de nuestros cuerpos a través de las mochilas y sus ganchos estratégicamente colocados en cada punto. ¡Que dicha que volaremos juntos! Todavía ni se me ocurriría hacerlo sola. Eso requiere otras destrezas que no se pueden improvisar.

Me lanzo y jalo a Jason conmigo. Uf, la velocidad, el viento, la sensación tan nueva de perder el control de todo, absolutamente de todo lo conocido en este mundo, me marean. Creo que perdí el conocimiento por un instante. Cuando recuperé la conciencia la vista era espectacular y la sensación orgásmica. Puerto Rico – la tierra que me dio nacer - se extendía majestuosamente ante mi mirada. Y mi cuerpo no tenia limites que le delimitaran el espacio o lo detuvieran en el tiempo.

Extendí los brazos en son de vuelo, estiré las piernas como queriendo convertirlas en rabo de tijeretas y me dejé planear con el viento. Todo fue tan natural que sentí que había una cierta memoria ancestral de saber volar. Bajamos y planeamos, giramos y nos colocamos panza arriba desafiando todas las leyes gravitacionales del universo.

Y cuando llegamos a los 5,000 metros, jalamos el cordón del paracaídas para preparar un aterrizaje suave y exitoso. Las alas técnicas del paracaídas me recuerdan que no se puede volar de esa forma todo el tiempo. Pero el momento, las sensaciones, las lecciones, siempre quedan.

Media hora antes había salido en la avioneta de la pista en el pequeño aeropuerto de Arecibo, sin saber por dónde volaría y a dónde llegaría, pero regresé al mismísimo lugar de donde había salido. Todo estaba igual que antes. La única que habría cambiado era yo.

Fue suave el aterrizaje, pero estaba tan conmovida que casi quedé muda, como no queriendo aterrizar tan rápido ni regresar tan pronto a tierra. Ha de ser la memoria ancestral, el soplo vital de la vida con el que vinimos al mundo antes de que la “civilización” se nos impusiera. Me arrodillo en tierra y doy gracias a la vida y a mi madre y padre por el primer soplo que me dieron cuando me trajeron a esta vida y hasta por los empujones que me siguen dando para que vuele. ¡Hay que tener raíces para volar alto!



(continua)

sábado, 1 de marzo de 2008

III Parte: Prepararse para volar




Jasson fue mi entrenador y fue mi compañero de vuelo. El dice que en su Escuela de Paracaidismo hay más hombres que mujeres, pero que es su experiencia que las mujeres aún estando socializadas para creer que no pueden volar, son más valientes cuando se trata de probar. “Llegan aquí muchas parejas decididas a volar por primera vez, pero es muy común que el hombre termina quedándose en tierra y ellas son las que se trepan en la avioneta y experimentan. Tal vez es que ellas son más aventureras y la verdad es que se necesita serlo para volar.”

O tal vez – pienso mientras le escucho – tal vez nosotras necesitamos con más urgencia desarrollar la capacidad de volar porque desde que nacimos mujeres, nos empezaron a cortar las alas y el vuelo. Así especulo yo con esta intensa capacidad mental de reinventar mi mundo.

Miro por la ventanita del avión, entre mis lentes especiales multifacéticos que a la vez que me permiten ver, cuidan mis ojos de las inclemencias del viento que recibo en la cara a semejante velocidad y altura abismal. Estamos por encima de las nubes para tirarnos desde allí. He perdido la noción de lugar para que el viento y lo etéreo se convierta en mi único hogar.

Me pesa mi espíritu aventurero casi tanto como me pesa mi cuerpo, el paracaídas y la mochila, porque me invade el terror de lo que me espera. Jasson sabe lo que está pasando y me habla. Me recuerda que le dije hace unos minutos en tierra que he venido a volar para aprender de ello. Intencionalidades. Eso, más la suma de experiencias y el soplo del viento, de eso se compone la vida.

Recupero la fuerza y en sentido del vuelo. No miro más para fuera. Me concentro en mi universo interno. Recuerdo mis 60 años de vida. Nada mal, cuando miro para atrás o cuando me veo en este momento. “Tú naciste con un ángel” me acababa de decir mi madre ese día.

¡Hoy tengo que volar! Las nuevas oportunidades que se abren para el proyecto me recuerdan por qué me he dispuesto a volar. No se pude estar hablando y hablando del efecto mariposa sin experimentar el vuelo de las mariposas. Por eso me decidí a volar entes de que se publique el libro y salga la obra.

(continIII Parte: Prepararse para volar

Jasson fue mi entrenador y fue mi compañero de vuelo. El dice que en su Escuela de Paracaidismo hay más hombres que mujeres, pero que es su experiencia que las mujeres aún estando socializadas para creer que no pueden volar, son más valientes cuando se trata de probar. “Llegan aquí muchas parejas decididas a volar por primera vez, pero es muy común que el hombre termina quedándose en tierra y ellas son las que se trepan en la avioneta y experimentan. Tal vez es que ellas son más aventureras y la verdad es que se necesita serlo para volar.”

O tal vez – pienso mientras le escucho – tal vez nosotras necesitamos con más urgencia desarrollar la capacidad de volar porque desde que nacimos mujeres, nos empezaron a cortar las alas y el vuelo. Así especulo yo con esta intensa capacidad mental de reinventar mi mundo.

Miro por la ventanita del avión, entre mis lentes especiales multifacéticos que a la vez que me permiten ver, cuidan mis ojos de las inclemencias del viento que recibo en la cara a semejante velocidad y altura abismal. Estamos por encima de las nubes para tirarnos desde allí. He perdido la noción de lugar para que el viento y lo etéreo se convierta en mi único hogar.

Me pesa mi espíritu aventurero casi tanto como me pesa mi cuerpo, el paracaídas y la mochila, porque me invade el terror de lo que me espera. Jasson sabe lo que está pasando y me habla. Me recuerda que le dije hace unos minutos en tierra que he venido a volar para aprender de ello. Intencionalidades. Eso, más la suma de experiencias y el soplo del viento, de eso se compone la vida.

Recupero la fuerza y en sentido del vuelo. No miro más para fuera. Me concentro en mi universo interno. Recuerdo mis 60 años de vida. Nada mal, cuando miro para atrás o cuando me veo en este momento. “Tú naciste con un ángel” me acababa de decir mi madre ese día.

¡Hoy tengo que volar! Las nuevas oportunidades que se abren para el proyecto me recuerdan por qué me he dispuesto a volar. No se pude estar hablando y hablando del efecto mariposa sin experimentar el vuelo de las mariposas. Por eso me decidí a volar entes de que se publique el libro y salga la obra.

IV El vuelo

Jason me saca de mi meditación para abrir la compuerta y dejarme saber que es hora de saltar. Un hilo de sangre fría se mezcla con lo helado de la temperatura que hay a esa altura. Pero estoy preparada. No hay paso atrás. Únicamente el del impulso. Me mezo sobre mis nalgas, sentada en la orilla de la compuerta abierta, pies afuera, anteojos especiales puestos, paracaídas revisado y Jason conectado conmigo en cinco puntos de nuestros cuerpos a través de las mochilas y sus ganchos estratégicamente colocados en cada punto. ¡Que dicha que volaremos juntos! Todavía ni se me ocurriría hacerlo sola. Eso requiere otras destrezas que no se pueden improvisar.

Me lanzo y jalo a Jason conmigo. Uf, la velocidad, el viento, la sensación tan nueva de perder el control de todo, absolutamente de todo lo conocido en este mundo, me marean. Creo que perdí el conocimiento por un instante. Cuando recuperé la conciencia la vista era espectacular y la sensación orgásmica. Puerto Rico – la tierra que me dio nacer - se extendía majestuosamente ante mi mirada. Y mi cuerpo no tenia limites que le delimitaran el espacio o lo detuvieran en el tiempo.

Extendí los brazos en son de vuelo, estiré las piernas como queriendo convertirlas en rabo de tijeretas y me dejé planear con el viento. Todo fue tan natural que sentí que había una cierta memoria ancestral de saber volar. Bajamos y planeamos, giramos y nos colocamos panza arriba desafiando todas las leyes gravitacionales del universo.

Y cuando llegamos a los 5,000 metros, jalamos el cordón del paracaídas para preparar un aterrizaje suave y exitoso. Las alas técnicas del paracaídas me recuerdan que no se puede volar de esa forma todo el tiempo. Pero el momento, las sensaciones, las lecciones, siempre quedan.

Media hora antes había salido en la avioneta de la pista en el pequeño aeropuerto de Arecibo, sin saber por dónde volaría y a dónde llegaría, pero regresé al mismísimo lugar de donde había salido. Todo estaba igual que antes. La única que habría cambiado era yo.

Fue suave el aterrizaje, pero estaba tan conmovida que casi quedé muda, como no queriendo aterrizar tan rápido ni regresar tan pronto a tierra. Ha de ser la memoria ancestral, el soplo vital de la vida con el que vinimos al mundo antes de que la “civilización” se nos impusiera. Me arrodillo en tierra y doy gracias a la vida y a mi madre y padre por el primer soplo que me dieron. Hay que tener raices para volar.

(IV entrega el 8 de marzo)

domingo, 24 de febrero de 2008

II parte: Volar es cambiar





Este es el año en que cumplo mis 60 años de edad. Seis décadas de caminar por estos mundos y más recientemente, de escribir sobre las mujeres y el efecto mariposa.

Ya era hora de volar. Yo creí que podía volar ese día, porque creí en mí, a pesar o por encima de todo, pero también porque creí en las mariposas. Sí, yo creí que podía volar un día por encima del silencio y más allá de las limitaciones de mi composición genética, de mi socialización de género y mi historia personal.

Estaba convencida que sin las mariposas y sin nosotras, no puede haber efecto mariposa. Pero como yo no tengo abiertos los genes de doble hélice para volar que tienen abiertas de par en par las mariposas para volar, tuve que hacerlo abriendo un paracaídas.

Y al volar literalmente, me di cuenta que las mujeres tenemos muchas formas de volar y que lo hacemos muchas veces en la vida. Para unas es aprender a decir “si” a lo que queremos, para otras decir “no” a lo que no nos gusta ni es justo para nosotras o para el resto; para otras significa decir “basta ya” a los abusos que nos aguantamos esperando que cambiara o hubiese una disculpa que nunca llegó; y para otras es afirmarnos en nuestros deseos y proyectos de vida como mujeres en red. En realidad es todo eso en distintos y en simultáneos momentos, todo el tiempo.

Arecibo en Puerto Rico, es la esquina nor-oeste de la isla rectangular donde mar y tierra dan una vuelta para moverse hacia el sur por el oeste. Bueno, después de volar, sé que no es sólo la mar y la tierra, sino el aire, el viento y lo etéreo (campos energéticos) porque ellos fueron mis compañeros de vuelo. Es una impresionante vista de los lugares donde la mar besa la costa y el viento las une mientras las revuelca.

Era un día claro, nublado arriba, bien arriba, a los 7,500 pies que trepamos en la pequeña avioneta Cesna que nos dejó caer a 210 millas por hora de esos eternos 6 minutos antes de que abriera el hermoso paracaídas en el que planeamos el universo hasta regresar a tierra.




(La semana entrante les sigo contando...)

sábado, 23 de febrero de 2008

I Parte: El día que alcé vuelo

Era el 30 de enero del 2008 en Arecibo, Puerto Rico. Ese día yo creí que podría volar. Creí, sin ninguna duda, que podría volar ese día. Volar así, como dice la canción de R. Nelly con ese nombre ‘Yo creí que podía volar,’ en la película Space Jam.

Dice así:

Yo creo que puedo volar,
creo que puedo tocar el cielo.
Lo pienso día y noche:
que puedo extender mis alas y alzar vuelo.
Creo que puedo planear.
Me veo correr hasta atravesar
esa puerta abierta que es volar.

Creo que puedo volar,
creo que puedo volar, creo que puedo.
Veo ahora que estaba al borde de un colapso,
porque a veces el silencio es un sonido tan alto.


Pero hay milagros en la vida que quiero alcanzar,
pero para ello tengo que saber que empiezan en mi, oh sí.
Si lo visualizo lo puedo lograr,
si lo creo no es nada del otro mundo volar.

Ey, mira, si tan solo extiendo mis alas,
Puedo volar, puedo volar, puedo volar.



Y es que si volar es parte de la metamorfosis del efecto mariposa[1], ¿Por qué no va a ser parte de la vida nuestra?

[1] Este es el tema de mi libro Mujeres, metamorfosis del efecto mariposa que está pronto a ser publicado por la Editorial Farben/Norma y que está basado en mi tesis doctoral en la Universidad de La Salle en el 2006.

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Cinco secciones adicionales sobre este tema van a aparecer aqui, una cada semana durante lo que queda de febrero y el mes de marzo:

II Parte: Volar es cambiar
III Parte: Prepararse para volar
IV El vuelo
V El mundo de Miss Mundo
VI Planear en el cielo y metamorfear en tierra