Jason me saca de mi meditación para abrir la compuerta y dejarme saber que es hora de saltar. Un hilo de sangre fría se mezcla con lo helado de la temperatura que hay a esa altura. Pero estoy preparada. No hay paso atrás. Únicamente el del impulso. Me mezo sobre mis nalgas, sentada en la orilla de la compuerta abierta, pies afuera, anteojos especiales puestos, paracaídas revisado y Jason conectado conmigo en cinco puntos de nuestros cuerpos a través de las mochilas y sus ganchos estratégicamente colocados en cada punto. ¡Que dicha que volaremos juntos! Todavía ni se me ocurriría hacerlo sola. Eso requiere otras destrezas que no se pueden improvisar.
Me lanzo y jalo a Jason conmigo. Uf, la velocidad, el viento, la sensación tan nueva de perder el control de todo, absolutamente de todo lo conocido en este mundo, me marean. Creo que perdí el conocimiento por un instante. Cuando recuperé la conciencia la vista era espectacular y la sensación orgásmica. Puerto Rico – la tierra que me dio nacer - se extendía majestuosamente ante mi mirada. Y mi cuerpo no tenia limites que le delimitaran el espacio o lo detuvieran en el tiempo.
Extendí los brazos en son de vuelo, estiré las piernas como queriendo convertirlas en rabo de tijeretas y me dejé planear con el viento. Todo fue tan natural que sentí que había una cierta memoria ancestral de saber volar. Bajamos y planeamos, giramos y nos colocamos panza arriba desafiando todas las leyes gravitacionales del universo.
Y cuando llegamos a los 5,000 metros, jalamos el cordón del paracaídas para preparar un aterrizaje suave y exitoso. Las alas técnicas del paracaídas me recuerdan que no se puede volar de esa forma todo el tiempo. Pero el momento, las sensaciones, las lecciones, siempre quedan.
Media hora antes había salido en la avioneta de la pista en el pequeño aeropuerto de Arecibo, sin saber por dónde volaría y a dónde llegaría, pero regresé al mismísimo lugar de donde había salido. Todo estaba igual que antes. La única que habría cambiado era yo.
Fue suave el aterrizaje, pero estaba tan conmovida que casi quedé muda, como no queriendo aterrizar tan rápido ni regresar tan pronto a tierra. Ha de ser la memoria ancestral, el soplo vital de la vida con el que vinimos al mundo antes de que la “civilización” se nos impusiera. Me arrodillo en tierra y doy gracias a la vida y a mi madre y padre por el primer soplo que me dieron cuando me trajeron a esta vida y hasta por los empujones que me siguen dando para que vuele. ¡Hay que tener raíces para volar alto!
Me lanzo y jalo a Jason conmigo. Uf, la velocidad, el viento, la sensación tan nueva de perder el control de todo, absolutamente de todo lo conocido en este mundo, me marean. Creo que perdí el conocimiento por un instante. Cuando recuperé la conciencia la vista era espectacular y la sensación orgásmica. Puerto Rico – la tierra que me dio nacer - se extendía majestuosamente ante mi mirada. Y mi cuerpo no tenia limites que le delimitaran el espacio o lo detuvieran en el tiempo.
Extendí los brazos en son de vuelo, estiré las piernas como queriendo convertirlas en rabo de tijeretas y me dejé planear con el viento. Todo fue tan natural que sentí que había una cierta memoria ancestral de saber volar. Bajamos y planeamos, giramos y nos colocamos panza arriba desafiando todas las leyes gravitacionales del universo.
Y cuando llegamos a los 5,000 metros, jalamos el cordón del paracaídas para preparar un aterrizaje suave y exitoso. Las alas técnicas del paracaídas me recuerdan que no se puede volar de esa forma todo el tiempo. Pero el momento, las sensaciones, las lecciones, siempre quedan.
Media hora antes había salido en la avioneta de la pista en el pequeño aeropuerto de Arecibo, sin saber por dónde volaría y a dónde llegaría, pero regresé al mismísimo lugar de donde había salido. Todo estaba igual que antes. La única que habría cambiado era yo.
Fue suave el aterrizaje, pero estaba tan conmovida que casi quedé muda, como no queriendo aterrizar tan rápido ni regresar tan pronto a tierra. Ha de ser la memoria ancestral, el soplo vital de la vida con el que vinimos al mundo antes de que la “civilización” se nos impusiera. Me arrodillo en tierra y doy gracias a la vida y a mi madre y padre por el primer soplo que me dieron cuando me trajeron a esta vida y hasta por los empujones que me siguen dando para que vuele. ¡Hay que tener raíces para volar alto!
(continua)
